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AQUELLAS VENDIMIAS (segunda entrega)

Continuamos con el relato de un día de vendimias, allá por el final de los años sesenta, que recoge las experiencias de un estudiante que acaba de terminar el curso Preu y que, encontrándose en puertas de la Universidad, ayuda a su familia de pequeños agricultores en tan dura tarea. (La primera entrega se publicó en el nº 17 de esta Revista)

Tras el suculento almuerzo y repuestas las fuerzas, había que volver al tajo que habría de extenderse hasta la hora de la comida. El recuerdo del bacalao a la riojana había dejado el ánimo de la cuadrilla por todo lo alto y siempre había alguien a esas horas que se soltaba con alguna canción, normalmente jotas o rancheras mexicanas, pero también se podían escuchar otros sones. Yo recuerdo que a mi padre le gustaba especialmente “Mirando al mar”, de Jorge Sepúlveda que, si las circunstancias eran propicias, solía entonar en aquellos momentos. Era el tramo del día en el que, si lucía el sol, los vendimiadores, aprovechando la descarga de los cestos, empezaban a acercarse a dar un trago de agua o a empinar el codo, tirando del vino de la bota.

En aquellos años todas las cepas se formaban en vaso y normalmente tenían cuatro brazos, con pulgares podados a dos yemas vistas. También se veían de vez en cuando en los majuelos los botavinos, que eran resultado de sarmientos a los que en la poda se habían dejado más de dos yemas, normalmente entre cuatro y seis. Los botavinos eran generosos en racimos y uva, pero exigían que la cepa tuviera el vigor necesario para sustentar ese plus de cosecha. Para el propietario de la viña era una gozada ver esas cepas, con las que el cesto se llenaba en un santiamén. Para el vendimiador, la parte negativa de ello, era que el cesto se iba cargando con racimos prietos y de mucho peso con los que había que “pechar” hasta su descarga en los comportones.

Comportones
Comportón

Al igual que a día de hoy, la variedad más extendida era la Tempranillo, muy bien adaptaba a las condiciones de clima y suelo de Uruñuela. Estaba acompañada, en mucha menor extensión, por la Garnacha tinta y por las variedades blancas que citaré.

En algunos casos, Los viñedos de Garnacha “ponían de los nervios” a los vendimiadores, ya que como consecuencia de una mala compatibilidad de esta variedad con el patrón sobre el que se había injertado (Rupestris de Lot) las cepas mostraban muchos racimos, pero únicamente ofrecían una mínima presencia de granos. La desesperación del vendimiador ante este fenómeno, conocido como “corrimiento del racimo”, se justificaba al tener que cortar en cada cepa un número elevado de racimos que a la postre dejaban el cesto prácticamente al mismo nivel que tenía antes de ponerse con ella. En otras circunstancias, especialmente en suelos fértiles y con el portainjerto adecuado, esta variedad “cargaba” mucho, es decir que ofrecía abundante producción por cepa, si bien entonces, la maduración de la uva podía dejar bastante que desear.

De las variedades blancas, la Viura era la más extendida, cuyas cepas aparecían, aquí y allá en los majuelos de Tempranillo, y especialmente en las “cabeceras” o zonas más altas de algunos de ellos, en las que los suelos eran más pedregosos y de menor profundidad que los del resto de la viña. Era en dicho entorno donde esta variedad ofrecía las mejores calidades, mostrando en vendimias unas bayas doradas que invitaban a llevarlas a la boca y que eran promesa de mostos plenos y aromáticos. La Viura era y es, por otro lado, una variedad que en suelos de mayor profundidad incrementa sustancialmente su respuesta cuantitativa, ofreciendo racimos grandes con bayas muy cargadas de mosto y hollejo relativamente fino. Estas uvas solían ser las más afectadas cuando circunstancias climáticas propiciaban la aparición del hongo botrytis, y su consecuencia, la podredumbre del racimo.

De forma más ocasional, también se veían cepas de las variedades blancas Malvasía y Calagraño. La denominación local de esta última (Cagazal) ya daba una clara pista de la escasa valoración que la misma arrostraba entre los viticultores.

Al cesto iban, indistintamente, uvas tintas y blancas, sin que normalmente hubiera separación por colores como se hace ahora. A señalar también que en Uruñuela las parcelas plantadas completamente de variedades blancas, así como la elaboración de vinos blancos, eran la excepción.

Me quiero referir también a los distintos instrumentos que se utilizaban para cortar las uvas: podían ser corquetes o tijeras.

Los primeros eran una especie de navajas curvas con forma de pequeña hoz. Las tijeras eran y son (ya que se siguen utilizando) semejantes a las empleadas en jardinería para cortar brotes y ramas delgadas. Por entonces, aunque se iban imponiendo las tijeras, los vendimiadores más veteranos preferían el corquete. Bien manejado permitía un más rápido corte de los racimos, así como poder utilizar la mano que empuñaba la herramienta sujetando también con ella  algunas uvas cortadas, antes de echarlas al cesto. Esta función, usando tijeras, únicamente podía ser desarrollada con la mano libre. Como inconveniente se achacaba al corquete que, al tener que ejercer una cierta tracción sobre el pedúnculo del racimo para producir el corte, podían soltarse y caer al suelo algunos granos, sobre todo en el caso de uvas muy maduras. Yo, como vendimiador no muy experto, siempre me decanté por las tijeras.

Pero volvamos al hilo de la narración.

Al avanzar la mañana y acercarnos al mediodía, las melodías y los canticos que he citado anteriormente iban apagándose; cada uno se afanaba en llevar a buen ritmo su tarea en el renque que se le había asignado. En torno a la una de la tarde el esfuerzo comenzaba a pasar factura y los riñones se hacían especialmente presentes con molestias que dificultaban el recuperar la posición erguida. De forma disimulada, quien más quien menos, levantaba la vista para tratar de divisar a la persona que montada de una burra debía traernos la comida. Se trataba normalmente de la mujer del propietario de la viña, que se encargaba de preparar la comida para la cuadrilla y de acercarla al tajo. Para ello se servía de ese noble animal, de carácter tranquilo y manejable, que tantos servicios ha prestado al mundo rural hasta no hace mucho. La llegada de la comida era uno de los momentos que suavizaban el duro trabajo; tras la búsqueda del sitio más adecuado para comer, llegaba la tan deseada pausa.  Si en la viña había algún olivo, almendro o higuera, se elegía su cobijo; en caso contrario, nos colocábamos en círculo, tratando de aprovechar alguna cepa donde apoyar los maltratados riñones. Otra buena opción era buscar el apoyo de espalda contra espalda.

El menú no solía aportar muchas sorpresas. Venía a consistir en potaje de alubias o de garbanzos acompañado de carne de cerdo o de ovino. Tenía la peculiaridad de que el tranquilo paso de la burra producía un cierto balanceo de los perolos, el cual trasladaba al menú una melosidad característica producto de la maceración en el caldo de las alubias o garbanzos. Como aderezo no solían faltar las guindillas; los tomates se ofrecían con un poco de sal para refrescar la boca.

Pero poco duraba la dicha; tras la comida y un poco de reposo, había que volver a levantarse para retomar la dura tarea. Era habitual que el propietario de la viña eludiera la breve sobremesa ya que debía marchar al pueblo para descargar en su bodega de cosechero los comportones que se habían llenado por la mañana. Para poder realizar la descarga era necesario que le acompañara un vendimiador. A ambos se les volvería a ver de regreso a la viña, un par de horas más tarde.

El arranque después de la comida no era fácil. La digestión pedía su tiempo y a los vendimiadores nos costaba volver a coger el ritmo, tanto más cuanto la postura de trabajo no era la más adecuada para el mejor desarrollo de esa tarea fisiológica. Por otra parte, el menú que habíamos tomado a base de legumbres traía la consecuencia de una acumulación de gases en el tubo digestivo que buscaban su salida al exterior. Todo ello justifica la frase emblemática que no me resisto a reproducir y que espero no hiera sensibilidades: “tienes menos fundamento que el culo de un vendimiador”.

De acuerdo con lo que vengo contando, por entonces la vendimia era una tarea exclusivamente masculina. No obstante, por la tarde, la viña se podía animar con la presencia femenina. El caso más habitual era el de la mujer que había traído la comida y que se quedaba a cortar uvas acompañando el tajo de su marido.

La tarde era de temer, ya que el final de la jornada estaba marcado por la puesta del sol y debían pasar unas cuantas horas para ello, tiempo en el que el cansancio se iba acumulando.  En los días despejados, acechaba el calor, y con temperaturas por encima de 25 grados, obligaba a quedarse en mangas de camisa. En tales circunstancias, era especialmente bien recibida la pausa que se producía si se acaba de vendimiar una viña; la recogida de trastos y enseres, el desplazamiento a otra viña próxima que vendimiar y la toma de contacto con el nuevo majuelo, suponían un respiro muy adecuado para reponer fuerzas.

Con el sol avanzado en el firmamento, y con las fuerzas mermando, surgía la solidaridad entre los colegas, ya que se iba haciendo cada vez más penoso la carga de los cestos llenos para elevarlos al hombro y era normal recurrir a quien llevaba el renque vecino para que tirara de una de las asas del cesto, facilitando notoriamente el movimiento: “ahora por mí, luego por ti”.

Finalmente, casi exhaustos, al meterse el sol, y a veces algo después, escuchábamos del propietario de la viña la esperada frase de “venga, dejadlo, para casa”.

Luis Fernando Leza Campos
Ingeniero Agrónomo y Diplomado Superior en Viticultura y Enología

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