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La Rutina, bendecida o maldita

Después de la euforia de mi primera conferencia en el Centro Riojano de Madrid, donde presenté a las Emociones, estas maravillosas compañeras de vida, si sabes cómo escucharlas, comprender su mensaje y gestionarlas armoniosamente.

“Hoy me pongo mi chándal y a correr”; es la resolución de mucha gente a cada inicio del año nuevo, al nuevo cumpleaños, pareciese que al termino de un ciclo, sentimos necesidad de emprender algo nuevo que rompa con la rutina anterior.

Decididamente retomo mi actividad deportiva aunque eso no importe mucho, me diríais; pero como el tema va de rutina o cambios, la vuelta siempre es difícil y dolorosa, no exenta de su carga de presión.

Entonces tus “yo” entran en conflicto interior: ¿estoy lo bastante motivado para el compromiso o voy a tirar la toalla antes de empezar mis ejercicios? Te sientes flemático, las ganas vienen y van, te sientes culpable, con poca autoestima, desconfías de tus capacidades. Todo ese aluvión de pensamientos contradictorios genera emociones de baja frecuencia a la vez que resta energía necesaria para lanzarse. Además somos muy buenos para encontrar excusas que eviten esfuerzos; tengo mejores cosas por hacer.

Por ese primer impulso, me lanzo a pesar de todo, de la flema y ejecuto los ejercicios con ciertas ganas,  con algo de dinamismo. Al finalizar la sesión, me siento bien, parece que revivo,  me siento alegre con buen tono y me motivo diciendo: “qué bien he hecho en retomar mi deporte”.

Al día siguiente, me arrastro con poco entusiasmo sólo por la promesa  de seguir, de iniciar un nuevo ciclo, comienzo a sentirme mejor, mi mente encaja saludable esta nueva actividad a pesar de las agujetas propias de  un cuerpo permanecido inactivo algún tiempo.

A la tercera sesión, la sensación es de total neutralidad, tampoco mucho entusiasmo y si atraída por el bien-estar integral que me procuran los ejercicios, sin presión esta vez.

Y al cabo de unos días, me están gustando cada vez más las sesiones, siento placer, mi entusiasmo va en aumento, y espero con gran ilusión e impaciencia  la hora de los ejercicios. Los días de descanso parecen hasta aburridos, largos e incluso frustrantes. Pueden más las ganas de realizar una pequeña sesión para seguir manteniendo la chispa.

Luego las ganas de hacer algo nacen de la rutina, y,  la rutina tiene un poder absolutamente increíble; eso lo que dicen los entrenadores y coaches  del desarrollo personal, aunque  a simple vista parecen “palabras huecas”, sin significado y sin embargo poseen su fundamento, llámenlo filosófico o psicológico o emocional.

San Agustín decía que la rutina era como una segunda naturaleza, una  naturaleza es un Ser, es algo con lo que nacemos, con lo que somos, con lo que nos identificamos porque dices: “yo soy así, es mi naturaleza”. Mientras, la rutina es algo que se adquiere con el tiempo, es algo contingente que puede no cuajar nunca; por el ejemplo si tengo la costumbre de dormir tarde, me va costar cambiarla por ir temprano a la cama con  la creencia de perderme parte de la vida. Somos seres de costumbres, la rutina de algún modo nos modela, representa lo que somos diariamente. Una buena rutina nos transporta, nos eleva, nos vuelve eficientes, nos basta ver a los deportistas de alta competición.

Si observamos a Rafa Nadal, todos sus gestos, son rituales repetitivos, la manera que coge su toalla, la dobla, se seca la frente, se sienta en la silla, bebe el agua, todo es una rutina de rituales, todo está bajo control, todo es mecánico, son gestos que aseguran el espacio, dan confianza al entorno, porque  ritualizar permite mantener la concentración. Porque el miedo a lo desconocido, del otro, de algo que esta fuera de rutina, demuestra que somos seres de  costumbres, de gestos repetitivos.

Sin embargo la mala rutina puede destruirnos, apresarnos, poseernos, y el error es pensar que estamos forzados de permanecer en las malas costumbres, cuando son simplemente creencias limitantes.

Así como somos capaces de crear una buena rutina, también podemos crear una mala rutina, luego permanecer en la rutina que nos bloquea, nos priva, nos paraliza dependerá directamente de nosotros mismos. La ventaja es que tenemos el poder de influir. Nosotros decidimos de activar referencias estables para empoderar a esa rutina. La costumbre es el poder que tiene el hombre de influir en su destino. La rutina normaliza nuestros esfuerzos. Muchos fracasos vienen precisamente de la falta de esa rutina. Solemos oír que hay que dejar la mala rutina, sólo que la misma es sustituida por otra rutina; es el caso de los fumadores.

Todos los grandes empresarios, deportistas, artistas hacen hincapié sobre la práctica de la rutina porque crea la disciplina.

El mito del escritor que escribe de vez en cuando por inspiración es falso, tiene que  sentarse delante de su hoja en blanco todo el tiempo necesario hasta brotar la primera palabra.

¿Cómo cambiar la mala rutina por la que es buena para nosotros?

Partiendo de la base que todo es mental, una buena  o mala rutina puede fácilmente instalarse. Es la oportunidad de ofrecer al cerebro el acuerdo de  nuestra propia decisión para implantar nuevas y buenas costumbres.

Para activar la buena rutina, basta  mentalmente enfocarse en las buenas costumbres y realizarlas.

La voluntad es el fruto de la rutina, la cual nos dispensa de muchos esfuerzos. Es más con la práctica cotidiana de mi deporte, el cuerpo me lo agradece. Tenemos la sensación de hacer algo benéfico para nosotros de lo que nos sentimos orgullosos.

Seguir la rutina no debe resultar una mecánica deshumanizante, sino obedecer a la ley que nos hemos impuesto.

La voluntad es solida, es firme, es un timón que permite al barco del cual somos capitán de navegar  sobre un mar agitada o clemente, sin dejarnos llevar por las pasiones,  las envidias.

Poner en marcha las buenas costumbres es evitar riesgos de ser arrastrados por las malas corrientes y naufragar.

Saky Kaje
CEO Novamotions PNL

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